!

La Florencia

La conocí en Tonalá. Era de mañana y salí a sentarme en la banqueta. Las gentes ya andaban como hormigas por el pueblo. Unos acarreaban maíz, otros papa, otros se tropezaban o se resbalaban de tanto ir y venir.

Yo la vi desde lejos. A la Florencia. A sus labios gruesos. A su cadera en ángulo de inclinación. Cuando me arrimé, no me dijo nada. Ni siquiera cuenta se dio que yo estaba ahí.

Yo la quería tanto porque su tristeza era como bien quedita. Porque parada junto a ella, éramos dos globos en el cielo. Éramos huecos separados por piel. Porque en su silencio encontré consuelo, refugio. La Florencia se quedaba horas y horas como bien tiesa, fría, sin hacer ruido. Sus ojos grandes, tristes, mirando de aquí para allá.

Un día, la Florencia falleció. Entre cuatro hombres la mataron. Cuando la amarraron, ella gritaba y pateaba. Desde lejos escuché sus gruñidos de dolor. Desesperación. Me la imaginé con su cara flaca, huesuda, pálida.

Vi a las gentes acorralándola. Sus dientes brillaban de hambre. La Florencia, frente a mí, cabizbaja. Su hora había llegado. La última pedrada la tuve que dar yo. Tronaron los huesos de su cara. En mi boca, un caldo de res.

Anuncios
Estándar
!

Con ‘m’

Mi nombre es Belém. Belém con ‘m’. La Belém que vivió en el bar de la tía Chayito.

Grabé en la penca de un maguey tu nombre
Unido al mío, entrelazados

Rechinan trompetas, truenan guitarras, y la voz, baja, profunda, del bigotudo se hace un echo dentro del cuarto, al fondo. Meros tequilazos, salita con limón, y quesillo pa’ la botaneada. Ahí, en lloriqueo, está el montón de ojos rollos, todos hombres embriagados. Puro dolor de codo.

Ahí, en este cuarto lleno de mesas redondas, se escucha un “haa-ya-yaii chiquita, si aquí hasta sobra” de los que siguen pisteando. Ahí huele a gato encerrado. Y de repente un canijo, “psi psi psi, mamita, mirá, ¿qué no me oyes?”

Volteo y ahí está, al contorno de la puerta, chorreando cejas, medio tambaleándose, un cliente. Hago como que lo ignoro.  Y es que me llamo Belén no Belém, como me llamó, y mero hoy me he decidido a no contestar a variantes de mi nombre. Pero este pobre bolo aun no lo sabe. Pues, sigo saltando por el patio de la cantina, jalando el pescuezo de un lado pa’al otro, al son del guitarrón, pretendiendo ser yo el mismito Chente.

Como una prueba ante la ley del monte
Que allí estuvimos enamorados.

Se me ocurre que quiero cambiar de nombre. Pero no’más imagino pila tras pila de papeles carcomidos, cuartos que huelen a moho, y un calvo lentudo, lento, testereando:

–Lo escrito, escrito está. Belém con ‘m’, y ¡zaz!

Pero es que nadie entiende. Me llamó Belén. La ‘m’ es un error de manuscrita, de tipografía, de geografía. Mi nombre es el mero nombre de la cuidad de Nuestro Santísimo Señor Jesús, el güerito descuartizado que en el cuarto de la tía Petri cuelga. Ese mismito. Mi nombre es sagrado.

Se te olvidaba que el maguey sabía
Lo que juraste en nuestra noche Sigue leyendo

Estándar
!

apuro en el tórax

La ultima vez que me sentí así me enterré en mi cama, sudando de fiebre y alucinando caballos, pensando que todo tenía sentido si me enfocaba en el final. Pasé trés semanas en la oscuridad. Caminé, una noche, y escuché, con alegría, la radio del hombre sentado a lado del lago. Vi la luna. Cuando regresé a mi casa, supe que ya no podía. Acepté que me mi cuerpo estaba sobre-trabajando, que envejecía de espíritu, y que me podía podrir fácilmente con solo dejar pasar el tiempo. [Footnote aquí para después.] Fui al Cuarto de Emergencia. El doctor me dio inhalador. Me dio cuatro pastillas. Pero lo que me salvó fue el té de ajo con jengibre y limón.

Estándar
!

El Bar de Tía Chayito

Era un cuartito interminable. Desde la única ventana el interior era un centro comercial: trastos, estufa, vitrina, colchones, estero, televisión, zapatos, botellas de tinta china. Adentro, las circunstancias eran otra cosa. Vivíamos en el segundo piso, en el fondo, casi olvidados mis hermanos y yo.

Allá abajo siempre era día de fiesta. Había un ruido que se confundía la música, con los gemidos, con la patrulla, y hasta los chuchos que ladraban cuando alguna peleita estallaba. Aquí vivía Guille, la guitarrista, Héctor, el maricón, y Mario, el retrasado mental…  ¡Ah! también la muchachita esa, la que trabajaba en los cuartos de abajo y habitaba el cuarto de arriba.

De vez en cuando, en mis horas desesperadas, me paraba de puntitas junto al barandal. Desde allí arriba se miraba el espectáculo más maravilloso de mi niñez. De noche, Guille cantaba canciones apasionadas. El grupo de Héctor bailaban pedísimos. Se besaban, de vez en cuando se peleaban, pero siempre terminaban llorando. Era tan lindo mirarles, sus explosiones—como juegos pirotécnicos.


Estándar
!

Pésaj

Subiendo las escaleras estaba yo, cuando de repente sale un chica hermosa y me lleva a su cuarto. Entro y me encuentro con un montón de hombres australianos. Todos guapísimos, amables, y muy judíos. 

Se sienta el sol y se encienden las velas. De ahí en adelante solo se que mi hebreo vale la pena, que no importa cuantos vasos hayan el vino sigue llegando, que coquetear con la húngara no es ni tantito kashrut, y que el afikomen siempre esta en el bolsillo del saco. 

Trate mil veces de hacer notas mentales de los comentarios y acciones en el lapso de las cuatro horas y media para contarte hasta el mas mínimo detalle, pero la memoria ebria me falló. Solo te puedo decir que valió mucho la caminada tambaleada de su casa a mi casa.

Estándar