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La Florencia

La conocí en Tonalá. Era de mañana y salí a sentarme en la banqueta. Las gentes ya andaban como hormigas por el pueblo. Unos acarreaban maíz, otros papa, otros se tropezaban o se resbalaban de tanto ir y venir.

Yo la vi desde lejos. A la Florencia. A sus labios gruesos. A su cadera en ángulo de inclinación. Cuando me arrimé, no me dijo nada. Ni siquiera cuenta se dio que yo estaba ahí.

Yo la quería tanto porque su tristeza era como bien quedita. Porque parada junto a ella, éramos dos globos en el cielo. Éramos huecos separados por piel. Porque en su silencio encontré consuelo, refugio. La Florencia se quedaba horas y horas como bien tiesa, fría, sin hacer ruido. Sus ojos grandes, tristes, mirando de aquí para allá.

Un día, la Florencia falleció. Entre cuatro hombres la mataron. Cuando la amarraron, ella gritaba y pateaba. Desde lejos escuché sus gruñidos de dolor. Desesperación. Me la imaginé con su cara flaca, huesuda, pálida.

Vi a las gentes acorralándola. Sus dientes brillaban de hambre. La Florencia, frente a mí, cabizbaja. Su hora había llegado. La última pedrada la tuve que dar yo. Tronaron los huesos de su cara. En mi boca, un caldo de res.

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