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Con ‘m’

Mi nombre es Belém. Belém con ‘m’. La Belém que vivió en el bar de la tía Chayito.

Grabé en la penca de un maguey tu nombre
Unido al mío, entrelazados

Rechinan trompetas, truenan guitarras, y la voz, baja, profunda, del bigotudo se hace un echo dentro del cuarto, al fondo. Meros tequilazos, salita con limón, y quesillo pa’ la botaneada. Ahí, en lloriqueo, está el montón de ojos rollos, todos hombres embriagados. Puro dolor de codo.

Ahí, en este cuarto lleno de mesas redondas, se escucha un “haa-ya-yaii chiquita, si aquí hasta sobra” de los que siguen pisteando. Ahí huele a gato encerrado. Y de repente un canijo, “psi psi psi, mamita, mirá, ¿qué no me oyes?”

Volteo y ahí está, al contorno de la puerta, chorreando cejas, medio tambaleándose, un cliente. Hago como que lo ignoro.  Y es que me llamo Belén no Belém, como me llamó, y mero hoy me he decidido a no contestar a variantes de mi nombre. Pero este pobre bolo aun no lo sabe. Pues, sigo saltando por el patio de la cantina, jalando el pescuezo de un lado pa’al otro, al son del guitarrón, pretendiendo ser yo el mismito Chente.

Como una prueba ante la ley del monte
Que allí estuvimos enamorados.

Se me ocurre que quiero cambiar de nombre. Pero no’más imagino pila tras pila de papeles carcomidos, cuartos que huelen a moho, y un calvo lentudo, lento, testereando:

–Lo escrito, escrito está. Belém con ‘m’, y ¡zaz!

Pero es que nadie entiende. Me llamó Belén. La ‘m’ es un error de manuscrita, de tipografía, de geografía. Mi nombre es el mero nombre de la cuidad de Nuestro Santísimo Señor Jesús, el güerito descuartizado que en el cuarto de la tía Petri cuelga. Ese mismito. Mi nombre es sagrado.

Se te olvidaba que el maguey sabía
Lo que juraste en nuestra noche

Pero ese no es mi nombre. Lo sé. Yo lo escribo grande en la clase del maestro Rodolfo Rodas Rodríguez, pero se empeña el orejón a pronuncia la eMMMMMMMe como si quisiese que le dijera: ¿quiere venir a  la cantina de tía Rosario y quedarse a chupar? No’más me lo quedo viendo, como diciéndole: otra de esas mi chavo y ¡te mato! Por eso me cae gordo el flaco orejudo.

Y que a su modo él también podía
Recriminarte con un reproche
[1]
 

Esta tarde, por la requetequinienta mil vez, suena la rola de Chente. Yo brincando en figura de rayuela, les voy  repartiendo queso a los borrachos. Ellos chapotean boberas entre los dientes. Éstos se sientan en circulo, cabizbajos, todos torciditos, con la Corona en una mano y la otra escurriéndose dónde se detenga. Lamentando por la fulana que los dejó, que se fue con otro wey, que les partió el alma, que es una fiera, que se va a repentir de dejar este buen corazón. Neta, compadre. ¡Y, otra, por las ingratas!

Sólo paro oreja. Me alarmo. Pondero: ¿Será que a la desgraciada también le estropearon el nombre? ¿Que tal que se llamaba Amalia y le dicen Amelia? Cómo Belén pero con ‘m’.

 Entre los teporochos, con sus ojos amarillentos y bigotes engreñados, me resigné a llamarme Belém con ‘m’, por si las moscas. No querría que mi verdadero nombre causara alguna confusión, pues, y que después mi charro amante se la pasara pensando que se me olvidó nuestro juramento, y terminara también aquí en esta cueva de la tía Chayito.  No soy tan cruel no, señor.

 


[1] La Ley del Monte, Vicente “Chente” Fernández 

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