sueño

El ajedrecista

Soñé en color sepia. Vi los acontecimientos aparecer frente a mi como si fuesen una presentación digital de fotografías preservadas desde los años 1800. La antigüedad de las imágenes, como lo fueron también los sentimientos, se presentaban de una manera mórbida, asquerosamente natural.

Yo bajé las escaleras. La luz daña la imagen. Cuando pasé el pilar, él ya estaba ya ahí. En la estación del tren subterráneo, sentado, esperándome. Flaco y alto, con barba y con bigote, con ese par de labios que me hacen sentir como papalote. No habló porque él casi no habla.

—   …
—   …

Él ni siquiera me vio. Pero yo le observé. Vi su cara: vi esa mandíbula, vi esa frente, vi esos pómulos. Huesos. Huesos que me han causado insomnio, en realidad, porque me asustan y seducen. Ganas tuve de acercarme a él, de sentir su sudor, de sentir su piel, de tocarle, de besarle. Besar sus parpados como si fuesen los parpados de una mujer.

Yo me senté. La mesa estaba entre los dos rieles del tren y estos pasaban a cada rato sin parar, sin hacer ruido; pasaban como luces de bengala, solo que derretidas, estiradas, alargadas hasta desaparecer en los túneles negros.

Él: D4 peón. Comenzó como el gran Reshevsky.
Yo:  F6 caballo. Casi por habito. O talvez temor.

Él: G7 torre.
Yo: “Jaque mate,” escuché.

Desperté con el sabor a whiskey en la boca. El perdedor. 

 

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