sueño

Alegrías

Soñé que era de noche. El calor de un farol pálido, filtrante, se desparramaba en los arboles de la terraza. El olor del lodo daba la sensación de que caminaba en el camposanto. Mis pies, húmedos, se sentían expuestos por esa tétrica luz azul. La tierra seca fermentándose.

Y ahí, detrás de los arboles, estaba una niñita—una remembranza amarga. Sus uñas frías pegadas a los tallos de los arboles desgarraban de mi un trozo de carne. Sus ojos profundos, como lámparas fundidas, ambulaban entre los amarantos.

Sí, la busque con mis yemas, con mis oídos, con todos los deseos de un ser quebradizo de encontrar la espontaneidad en el lugar más oscuro de su propia casa. Entre las sombras, ahí, metida estaba, entre el humo crepuscular fecundo en la incertidumbre. Exasperado, mísero e ilusionado, sentí un sabor a tristeza.

Desperté en un sofá rojo, lejos de mi hogar.

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