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El Bar de Tía Chayito

Era un cuartito interminable. Desde la única ventana el interior era un centro comercial: trastos, estufa, vitrina, colchones, estero, televisión, zapatos, botellas de tinta china. Adentro, las circunstancias eran otra cosa. Vivíamos en el segundo piso, en el fondo, casi olvidados mis hermanos y yo.

Allá abajo siempre era día de fiesta. Había un ruido que se confundía la música, con los gemidos, con la patrulla, y hasta los chuchos que ladraban cuando alguna peleita estallaba. Aquí vivía Guille, la guitarrista, Héctor, el maricón, y Mario, el retrasado mental…  ¡Ah! también la muchachita esa, la que trabajaba en los cuartos de abajo y habitaba el cuarto de arriba.

De vez en cuando, en mis horas desesperadas, me paraba de puntitas junto al barandal. Desde allí arriba se miraba el espectáculo más maravilloso de mi niñez. De noche, Guille cantaba canciones apasionadas. El grupo de Héctor bailaban pedísimos. Se besaban, de vez en cuando se peleaban, pero siempre terminaban llorando. Era tan lindo mirarles, sus explosiones—como juegos pirotécnicos.


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